Capítulo 2

2813 Words
Cuando el ascensor se detuvo en el cuarto piso y las puertas se abrieron, Johari se encaminó por el pasillo, cargando unos documentos y archivos en las manos. El piso, que era su lugar de trabajo, contaba con dos oficinas, una salita de descanso y la recepción. La oficina principal era la de su jefe y la otra servía como sala de reuniones. En medio de las dos oficinas se encontraba la recepción y un gran escritorio ocupaba el espacio. En la superficie, realmente pulcra y organizada, se hallaba una computara, un intercomunicador, un teléfono y una máquina de fax. Ella rodeó el escritorio y colocó los documentos y archivos sobre este. El día apenas comenzaba e intuía que sería uno largo y muy ajetreado. Su jefe, Andrew Tanner, no llegaría hasta dentro de una hora, lo que le dio mucho tiempo para organizar todos los documentos, archivos y agenda del día. Cuando tuvo la mitad del trabajo hecho, optó por darse una pequeña escapadita hasta la sala de descanso y prepararse un buen café. Si bien la sala de descanso contenía una buena cafetera y una alacena bien surtida, ella aún prefería el toque personal con algunas cosas como tener algunos recipientes con cereales, barras energéticas y, en un rincón de la alacena, una caja con bombones de chocolate y caramelos. Con café en mano, regresó a su puesto de trabajo. Se sentó en su más que cómoda silla y bebió gustosa el delicioso café. —Buen día, Kitty —saludó, en torno al muñeco de peluche, con forma de gatito, que descansaba al lado de la pantalla de la computadora. Como siempre, el muñeco no respondió, mirándola con sus enormes ojos color ocre de fieltro mientras ella presionaba el botón de encendido de la computadora. El muñeco había sido un regalo de su madre cuando ella había optado por irse al otro lado del país en busca de su propio destino. Muchas fueron las personas que vieron al muñeco de peluche cuando pasaban por su escritorio a la oficina de su jefe y hasta le habían dicho que era un tierno y dulce regalo por parte de su madre. Lo cierto era que ella amaba esa cosa de felpa porque le recordaba la calidez del hogar que dejó atrás. Como si fuese una señal divina, su teléfono comenzó a vibrar sobre el escritorio. Solo podía pensar en una persona que no solo estaría despierta a una hora tan temprana, también en la única que le mandaría mensajes. «Esto es injusto. Él está evitándome y no sé por qué», leyó, mentalmente, el mensaje. Exhalando un largo suspiro, negó con la cabeza. Oriana se había convertido en su mejor amiga desde que se mudó a Londres, hace cinco años atrás, y desde entonces han sido casi inseparables, por decirlo de alguna manera. Oriana era lo opuesto a ella cuando de relaciones amorosas se trataba. Su amiga nunca supo exactamente cuándo dejar una relación atrás, especialmente cuando el chico se daba cuenta de ciertos comportamientos que tenía Oriana. No era como si su amiga fuese de esas mujeres apegadas al extremo, pero ciertamente a Oriana le costaba un poco más de la cuenta aceptar que una relación había acabado y no, ella no la juzgaba. Nunca lo hizo. Volviendo a negar con la cabeza, pensó unos segundos qué respuesta darle a su amiga. Posterior, se dispuso a escribir su respuesta. «Buenos días para ti también. Ahora, en serio, ¿no has pensando en darle un poco más de espacio?». Bebió otro sorbo de café mientras aguardaba a que la pantalla de su computadora se encendiese, pero su teléfono volvió a vibrar con otro mensaje. «¿Más espacio? Ya han pasado tres días, Johari, ese es un tiempo más que suficiente, ¿no crees?». Quiso rodar los ojos cuando terminó de leer la respuesta de su amiga. Definitivamente tendría una larga conversación con Oriana cuando regresase a casa esta tarde. De todos modos, respondió al mensaje, diciéndole, de manera sutil, que pensase un poco en los horarios que tenía el chico en cuestión y que quizás este no pudo responderle a algunos de sus centenares de mensajes por temas de trabajo u horario. Regresó la atención a la computadora. Al sistema le tomó un momento, revisando sus registros antes de que apareciese una pantalla de confirmación. Siempre fue su parte menos favorita de todo el proceso, ya que la pantalla de confirmación siempre incluía una foto de sí misma junto a una clave de identificación. Sí, su jefe era en extremo muy precavido cuando de sistema de seguridad en computadoras en red se trataba. Sin embargo, la parte que más detestaba era ver esa fotografía de su rostro en la pantalla. La misma que le tomaron cuando obtuvo el puesto de asistente personal. No lucía bien, no llevaba casi nada de maquillaje, sus mejillas carecían de rubor, sus ojos color marrón oscuro no estaban delineados con su lápiz delineador color azul favorito y su cabello rizado parecía un nido de pájaros porque no pudo planchárselo esa mañana. Dios, en serio, esa imagen de su rostro era horrible, pero, bueno, lo hecho, hecho estaba. En lugar de seguir mirando la pantalla de la computadora, volvió la mirada hacia su teléfono. «Por amor a Dios, Johari, no me salgas con que él no ha tenido tiempo. Estoy pensando seriamente en que él es un idiota total por no tomarse un minuto en responderme». Sí, tendría una extensa charla con su amiga cuando llegase a casa. Pese a ello, sus dedos se deslizaron por el teclado táctil de su teléfono. «Bueno, si piensas eso de él, entonces no vale la pena, Ori. Quizás es hora de hacer borrón y cuenta nueva. Conocer a alguien más». Cuando el sistema por fin se dignó a mostrarle la pantalla habitual de inicio de su computadora, dejó su teléfono a un lado y comenzó a revisar los mensajes nuevos que la esperaban. Estaban los correos electrónicos estándar enviados directamente a ella y luego los mensajes que fueron enviados con copia a su jefe. No vio nada de real relevancia por lo que se trasladó a la bandeja de entrada reservada para su jefe. Su acceso a los mensajes del CEO Tanner se limitaba a los mismos mensajes generales de los miembros de la junta directiva de la empresa y correos electrónicos personales que tenía en su propia bandeja de entrada. Su jefe le había concedido acceso extraordinario hacía unos meses atrás en un intento de crear algún tipo de orden a partir del caos que le gustaba inundar su bandeja de entrada personal. Ciertamente, ella nunca leyó algo muy personal, pero su jefe le había concedido el permiso para hacerlo si fuese necesario. Pasó por un correo electrónico del hermano de su jefe, Francis, y pasó a un mensaje del vicepresidente de Chrome Machine, Delclaux Luciano. Este tipo de correos los filtraba y se los enviaba, sin leerlos, a su jefe. Sin embargo, ella era la primera en darse cuenta cuando algún correo electrónico era enviado por alguna empresa importante con un asunto referente a posibles inversiones en Chrome Machine. Este tipo de correos sí los leía porque era la encargada de realizar la agenda de reuniones importantes de su jefe. Su teléfono comenzó a sonar, causando que se sobresaltase y casi derramase la taza con café sobre el escritorio. Frunció el ceño y miró casi con odio la pantalla del teléfono con el nombre parpadeante de la persona que la estaba llamando. —Hola, Ori —saludó, cuando se conectó el auricular en la oreja derecha—. ¿Qué haces despierta tan temprano? —¿En serio, Jo? —enunció su amiga—. Todavía estoy procesando tu mensaje anterior. Ella suprimió una risita mientras miraba y filtraba los correos electrónicos para su jefe. —Solo te dije que hicieses borrón y cuenta nueva —recitó el mensaje anterior—. Además, es bueno conocer personas nuevas. —¿Y me lo dices tú? —En efecto. No creo que sea tan difícil para ti —replicó, encogiéndose de hombros—. Sin embargo, sigo pensando que quizá no tiene tiempo y que estés mandándole mensajes a cada rato no te hará bien, Ori, en serio. Quizá lo mejor es olvidarlo y ya. —Lo sé, pero no le costaba nada haber respondido algunos de mis mensajes. Al menos para decirme que no quiere saber nada más y ya —Asintió, aunque su amiga no pudiese verla—. Dios, estoy tan harta de que un hombre se comporte como un tirano. —Te dije muchas veces que debes dejar pasar un tiempo antes de meterte de lleno en otra relación, Ori —profirió, siendo completamente honesta y empática—. Te aprecio y te quiero un montón. Eres mi mejor amiga y no me gusta que estés así por un hombre. —Sé que tienes razón, Jo, pero… —Casi podía ver a Oriana contener las lágrimas y se sintió mal por ella—. Bien. Está bien, seguiré tu consejo. —Lo único que quiero es que no dejes que un hombre te afecte al punto de… —Calló, viendo por el rabillo del ojo a una persona salir del ascensor—. Ori, te tengo que dejar. Hablaremos sobre esto cuando llegue a casa, ¿de acuerdo? —Mhmm, ¿el jefe papi? —Hasta más tarde, Ori —refutó, finalizando la llamada. En estos momentos, ella realmente agradeció su color de piel porque el rubor que anidó y sintió en sus mejillas no se notaba, al menos, no mucho. Acomodó, cuidadosamente, el teléfono sobre el escritorio y se quitó el auricular, guardándolo dentro del cajón. No quería que su jefe la viese hablando por teléfono mientras hacía su trabajo, bueno, algo así. En los dos años en los cuales llevaba laborando como asistente personal del CEO Tanner, no creía haber visto al hombre entrar a la oficina con un aspecto menos que perfecto. Su traje de tres piezas siempre era distinto y siempre combinaba la corbata con el color de sus zapatos. El cabello pulcramente peinado hacia atrás y ese toque de plata en las patillas y sienes le daban un aire de hombre experimentado y sabio. Dios, su jefe era un hombre demasiado guapo y caliente como el infierno para estar casi llegando a los 47 años. Se mantenía en forma y si bien su rostro estaba dando los primeros signos del paso de los años, para ella él era el hombre más guapo y viril que había conocido hasta ahora. —Buenos días, señor —espetó, su tono de voz gentil y su mirada cálida. Él la miró y no pasó desapercibido, para ella, las comisuras de los labios apenas curvados hacia arriba, en una diminuta sonrisa. —Buenos días, Johari. ¿Alguna novedad? Ella asintió y giró el monitor de la computadora en torno a su jefe, mostrando las ventanas con la bandeja de correos electrónicos y las dos reuniones programadas del día. —Sí, señor —replicó, señalando la pantalla—. Como verá, ya le mandé los correos importantes. Además, le hice un recordatorio de las dos reuniones. La primera es a las diez con el vicepresidente, el señor Delclaux. La otra está programada para las trece horas con el CEO Bianchi. Le hice una reservación en el restaurante Seven Park Place para las doce y media. No se perdió del cambio en la mirada de su jefe cuando nombró al vicepresidente de la empresa. Ella sabía que había cosas que a su jefe no le agrada mucho del empresario Delclaux, pero nunca hizo algún comentario al respecto. —Programa la reunión con Delclaux para mañana. No tengo ánimos de… —No, señor, eso será imposible —interrumpió, entrecerrando los ojos en torno a su jefe—. Lo he estado haciendo desde hace más de dos semanas. Ya no me quedan excusas para posponer la reunión. —Bueno, inventa algo —sugirió su jefe, como si nada—. No sé, algo ingenioso como que tengo la agenda muy ocupada con posibles nuevos inversionistas. —Señor —enfatizó, causando que su jefe soltase un extenso suspiro. —Estoy bastante seguro de que algo se te ocurrirá. —Señor, es en serio —insistió ella. —Johari, eres una persona muy capaz y eficiente y estoy muy seguro de que puedes hacer un hueco en los horarios para la próxima semana —Ella volvió a entrecerrar los ojos—. Y puede que tendrás esta reservación en este restaurante de comida japonesa que tanto te gusta. Puedes llevar a tu amiga. Ella, en serio, hizo todo lo posible por no parecer demasiada complacida o presumida por el halago. A pesar de todos los cretinos e imbéciles con complejos de superioridad y un completo amor por el abuso de poder con los que ella se había enfrentado en anteriores trabajos, le complació descubrir que todavía había hombres como el CEO Tanner. Su jefe era un buen hombre, un poco demasiado remilgado, en su opinión personal, pero un hombre que creía en hacer lo correcto por cada persona bajo su mando, hombres y mujeres por igual, y no era tímido ni con un cumplido ni con una crítica cuando tenía que ofrecer a cualquier persona. Su jefe siempre estaba al pendiente de todos los empleados de la compañía, no importaba en qué puesto laboraban las personas, él se encargaba de estar allí por cualquier cosa que sucediese. —Sabe que esto que está haciendo es chantaje, ¿cierto? —preguntó, arqueando una ceja. —En lo absoluto —imperó su jefe—. La reservación es para esta noche. No olvides confirmar. Ella realmente contuvo el impulso de contradecirlo, pero cuando quiso hacerlo, él ya había comenzado a caminar hacia su despacho. Bueno, al menos podría cenar en ese restaurante y disfrutar de una buena comida. Además, no le vendría mal distraerse un poco porque, Dios, cada día le costaba más trabajo contenerse de mirar a su jefe como el hombre que era y no su solo como su empleador. Esperó hasta que su jefe entrase a la oficina y, posterior, buscó su teléfono y marcó el número de su mejor amiga. —Justo estaba haciéndome un perfil en esta página para citas. —¿En serio, Oriana? —preguntó, negando leve con la cabeza—. A veces creo que eres de esas chicas que no pueden estar sin un hombre alrededor. —Me declaro totalmente culpable por ser dependiente de un buen polvo ocasional —Y tuvo que reír ante las cosas que decía su mejor amiga—. Entonces, ¿qué tal el jefe papi? ¿Ya colocaste ojitos de enamorada y le has dicho que quieres jugar a la secretaria sumisa? —Y yo que te llamaba para decirte que esta noche tengo reservación en Shoryu Soho y que tenía pensado invitarte porque la reservación es para dos personas —profirió, viendo un nuevo correo electrónico en la bandeja de entrada—. Pero ahora que lo pienso, creo que iré sola y disfrutaré de toda esa deliciosa comida japonesa y de… —Bien, bien, lo siento —Rió mentalmente mientras abría el nuevo correo—. Aguarda, ¿cómo has conseguido una reservación si es…? —Oriana hizo una pausa y ella intuyó que su amiga dedujo todo—. Oh, así que lo hizo de nuevo, eh. —En efecto. Dios, él es tan… —Calló, viendo de soslayo a una persona salir del ascensor—. Oriana, debo colgar. Te mandaré un mensaje más tarde para confirmarte el horario… —La persona se acercaba cada un poco más… —. Sí, señor, se lo haré saber en cuanto el señor Tanner libere un poco su agenda —La risa de Oriana atiborró su tímpano mientras balbuceaba algo como «te han pillado»—. Muy bien, señor. Hasta pronto. —Buenos días, Johari —enunció el hombre imponente cuando estuvo frente a su enorme escritorio. —Buenos días, señor Delclaux —saludó, esbozando una sonrisa de cortesía—. ¿En qué puedo ayu…? —Oh, tú puede seguir en lo tuyo —espetó el hombre, girando en torno a la oficina de su jefe—. Iré a ver a Andrew. —Señor, la reunión está programada para las diez —informó mientras se ponía de pie—. ¿No le ha llegado la notificación por correo, señor? —Sí, pero tengo tiempo libre ahora. Atónita, miró como el hombre llegaba hasta la puerta de la oficina y, rápidamente, manoteó su teléfono. «Cambios de planes. El señor Delclaux está aquí y entrará a su oficina», tecleó velozmente el mensaje de texto y lo envió, rogando mentalmente porque a su jefe no le diese algo. 
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