CARTA XXII

623 Words
CARTA XXII LA PRESIDENTA DE TOURVEL A LA SEÑORA DE VOLANGES Muy señora mía: Tendrá usted sin duda gusto en saber un rasgo del señor de Valmont, que contrasta mucho, en mi concepto, con aquellos con que se le ha representado. ¡Es tan penoso el pensar desventajosamente de cualquier cosa que sea, y tan sensible no encontrar sino vicios en aquellos que tendrían todas las cualidades necesarias para hacer amar la virtud! En fin usted gusta tanto de emplear la indulgencia que es obligarla el oírcerle motivos para corregir un juicio demasiado riguroso. El señor de Valmont me parece que tiene fundamento para esperar ese favor y casi diré esa justicia: y vea por qué lo pienso. Esta mañana ha dado uno de aquellos paseos que podían hacer sospechar que tenía algún proyecto en estas cercanías, idea que usted mismo tuvo y que me acuso de haber adoptado con demasiada ligereza. Felizmente para él, y sobre todo para nosotros, pués nos impide ser injustos, uno de mis criados debía ir hacia la misma parte10, y de este modo mi curiosidad, reprensible pero feliz, ha quedado satisfecha. Nos ha contado que Valmont, habiendo hallado en el lugar de… una familia numerosa a quien se le estaban vendiendo los muebles porque no había pagado los impuestos, no sólo se apresuró a pagar por aquellas pobres gentes, sino que además les dio una suma bastante considerable. Mi criado ha sido testigo de esta acción generosa, y me ha contado también que los aldeanos, hablando entre ellos y con él, habían dicho que un criado, que han designado, y el mío piensa que es el de Valmont, había tomado ayer informes en el mismo lugar acerca de los vecinos que podían tener necesidad de auxilios. Siendo así, ya no es sólo una compasión pasajera determinada por la circunstancia, es un proyecto decidido de hacer el bien, es una beneficencia cuidadosa, es la virtud más hermosa de las almas bellas; pero sea puro azar o proyecto, es una acción honrada y loable, y que al oírla me ha enternecido hasta hacerme derramar lágrimas. Añadiré además, y siempre para hacerle justicia, que cuando le he hablado de esta acción, de la cual no decía una palabra, comenzó por negarla, y cuando la admitió parecía darle tan poco valor, que su modestia redoblaba su mérito. Ahora, dígame usted, mi respetable amiga: ¿el señor de Valmont es en efecto un libertino incorregible? Si no es otra cosa y se conduce así, ¿qué les queda por hacer a los hombres de bien? ¡Cómo! ¿Los malvados partirían con los buenos el placer sagrado de la beneficencia? ¿Dios permitiría que una familia virtuosa recibiese de la mano de un pícaro los socorros de que ella daría gracias a su divina Providencia? ¿y podría complacerse en oír a sus labios puros echar bendiciones a un réprobo? No, quiero mejor creer que sus errores, aunque de larga duración, no son eternos y no puedo pensar que quien hace el bien sea enemigo de la virtud El señor de Valmont es sólo acaso un ejemplo más del peligro que suelen tener las amistades. Me detengo en esta idea que me agrada. Si por una parte puede servir para justificarle con usted, por otra me hace apreciar más y más la tierna amistad que me une con usted para toda la vida. Tengo el honor de ser, etc. P. D. La señora de Rosemonde y yo vamos en este momento a ver también a la familia desgraciada y a unir nuestros socorros tardíos a los de Valmont. Haremos que nos acompañe y por lo menos daremos a estas buenas gentes el gusto de que vuelvan a ver a su bienhechor. Esto es creo, lo único que nos ha dejado por hacer. En…, a 20 de agosto de 17…
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