Pov Michael
Me encontraba en mi despacho, examinando detenidamente los documentos que me habían entregado sobre la información recibida de aquel ser misterioso que nos estaba brindando datos subrepticiamente. Había aparecido de repente y, hasta el momento, todo lo que decía y todo el contenido de esos documentos resultaba ser cierto. Los detalles sobre Fox, Vera y la complicada historia que los rodeaba se desplegaban ante mí como un rompecabezas intrigante del cual intuía que faltaba una pieza importante.
Mis ojos escudriñaban cada palabra, cada pista. Sabía que la situación era delicada, especialmente después de haber utilizado esa información para dársela a John y presionar así al consejo de Alphas. Ahora, con la revelación de la posible ubicación de Vera, la Alpha cautiva por Fox, la tensión aumentaba.
Los recuerdos de los eventos pasados se agolparon intempestivamente en mi mente: el ataque a Fox, motivado por el rescate de su hija y Vera, que había sido secuestrada por ese cerdo, y la misteriosa desaparición de Vera y Fox después de la confrontación con su hija Morgan. Me preguntaba quién o qué había intervenido para llevarlos lejos de ese lugar donde ocurrieron los hechos. Me rasqué la barbilla con intriga.
Peyton aseguraba que se trataba de la misma huella psíquica poderosa que estuvo tras el ataque a la manada un tiempo antes, un ser joven y poderoso que ayudaba desde las sombras a Fox. Nadie realmente sabía nada sobre él.
Con cada pieza de información, sentía cómo la responsabilidad de liderar la búsqueda de Vera crecía. Sabía que Shera, la hija de Vera que fue liberada al mismo tiempo que secuestraban a su madre, estaba ansiosa por encontrar a su mamá con vida. Además, yo mismo tenía mis propios motivos y cuentas pendientes con Fox, pues hacía años este cerdo maldito me había arrebatado lo más importante de mi vida. Desde entonces, lo combatía generalmente desde las sombras, en cada oportunidad que tenía. Pero hasta ahora, no había podido dar con mi tesoro.
Suspiré... El destino de la manada Cruz, liderada por Vera, estaba en juego, y entendía que cada decisión que tomara influiría en el frágil equilibrio de su comunidad. Había otras cosas en juego aún más importantes. Con un gruñido bajo, me levanté y me dirigí hacia la ventana.
Mientras la noche caía sobre el territorio de la manada Falcone, tomé una determinación: debíamos seguir esa pista firme, adentrarnos en lo desconocido y desentrañar el enigma que rodeaba a nuestro informante misterioso, con los riesgos que eso implicaba. La búsqueda de la verdad se convertía en una misión crucial, y estaba dispuesto a enfrentar cualquier desafío para encontrar a Vera... y al ser que Fox me había arrebatado y que solo a mí me pertenecía. No pude evitar cerrar los puños con fuerza a los costados mientras cerraba los ojos, cansado.
Varios días después, el complejo sindicado como uno de los refugios de Fox estaba envuelto en un silencio tenso. Yo, junto a mis tenientes Luke y Peyton y un puñado de mis soldados más aguerridos, lideramos el asalto con determinación. Las sombras danzaban en los pasillos mientras avanzábamos con sigilo, listos para enfrentar cualquier amenaza que se nos presentara.
Las sorpresas no tardaron en aparecer. Las puertas se abrieron de par en par, revelando habitaciones desiertas y pasillos oscuros. Aunque el elemento sorpresa estaba de nuestro lado, Fox, para variar, parecía haber desaparecido sin dejar rastro, y los pocos soldados que había fueron desarmados demasiado rápido.
Entonces, al llegar a una habitación aparentemente vacía, mis sentidos se agudizaron. Un aroma conocido flotaba en el aire, mezclado con el de Vera. Pero había otro olor, uno que me confundió e hizo que agitara la cabeza con extrañeza.
Mi corazón latía con fuerza mientras avanzaba hacia la fuente de esos aromas entrelazados. La habitación estaba impregnada de una mezcla de emociones y secretos enterrados. Podía sentir que estaba cerca de descubrir la verdad que tanto había anhelado; el corazón parecía a punto de salirse de mi pecho por los latidos tan rápidos.
Cuando abrí la puerta, la escena ante mí me dejó boquiabierto. En la penumbra, una silueta estaba allí, sobre la cama contra la pared. Aunque tenía grilletes, no estaba amarrada y parecía darme la espalda. La atmósfera estaba cargada de una tensión palpable mientras intentaba comprender lo que estaba observando.
Sin perder más tiempo, me acerqué con rapidez a la cama, quedando a solo un metro, como si algo me atemorizara. Mi mirada fija en la mujer que yacía allí. No era Vera pues la ví de perfil, pero su rostro estaba grabado en mi memoria. Un flashback me transportó a un momento doloroso, a un grito desesperado pidiendo ayuda.
—Ayúdame, Michael —resonaron las palabras en mi memoria.
—Espera por mí, te encontraré, te... —las palabras fueron interrumpidas mientras me reducían y un golpe seco en la cabeza nublaba mis recuerdos para siempre.
Aquella promesa de encontrarla se desvaneció entre las sombras, pero ahora, después de tantos años, la posibilidad parecía más palpable que nunca. Tan cerca que literalmente podía tocarla con los dedos de mis manos.
Cada paso resonaba en el propio eco de mi memoria, mi corazón latía con una mezcla de anticipación y temor. Al llegar finalmente a la cama, la realidad me golpeó con fuerza en el plexo solar y me dejó sin aire. Estaba allí, era verdad, no estaba soñando.
—Mi amor, eres tú —susurré, pero ella permanecía dormida. Unos segundos después, ella despertó sobresaltada, mirándome con ojos llenos de terror.
—¿Quién eres tú y qué haces aquí? —preguntó, completamente atemorizada, con la espalda ahora pegada a la pared como si intentara escapar de un peligro invisible mientras abrazaba su cuerpo apenas cubierto con una bata de hospital.
Me esforcé por contener la emoción al responder:
—Alma... Soy yo, Michael. ¿No me recuerdas? —pregunté frunciendo el ceño con confusión, pero el temor y el desconocimiento se reflejaron en sus ojos.
—¿Alma? —inquirió ella, como quien se pone una prenda después de mucho tiempo sin identificarse realmente con ese nombre. Asentí con la cabeza, intentando contener las lágrimas y las ganas de abrazarla —.Alma —murmuró nuevamente la mujer, pero cuando, después de un instante, intenté acercarme, soltó un grito espeluznante que a todos los presentes nos heló la sangre.