La noche comenzaba a hacerse presente, el sol ya se había ocultado y ante la falta de luz natural, la iluminación de un faro era la encargada de alumbrar la acera en dónde se encontraban; Alexander no dijo más y se apartó de Amber para subir a su vehículo. —Te veré el lunes— exclamó por segunda vez, el corazón de Amber comenzó a latir con fuerza, pero recompuso su gesto y respondió: —así será— saco la tarjeta con el chip que abría la puerta y tecleó el número de acceso mientras escuchaba el ruido del motor alejándose. Amber entro a la mansión que había habitado durante dos años, está tenía una puerta negra muy elegante con acabados dorados, la cual abrió para ingresar, cuando Amber cerró la puerta pego un pequeño brinco. —¡Natalia! — exclamó ella con una mano sobre su pecho. —Disculpa