CAPÍTULO DIECINUEVE Sebastián intentaba mantener la cabeza alta mientras lo sacaban de su celda en la torre, con las manos atadas a la espalda. Intentaba no mostrar ningún miedo, intentaba ser todo lo que un príncipe debía ser. Miraba a su alrededor para intentar encontrar un modo de escapar, pero lo escoltaban cuatro soldados, cada uno de ellos con una mano cautelosa sobre la empuñadura de la espada. No podía hacer otra cosa que andar. Guiaban a Sebastián a través de palacio y los sirvientes dejaban sus tareas cuando él pasaba, observando cómo se dirigía a su muerte. La mayoría tenían la cautelosa expresión inexpresiva de las que hacía tiempo que habían aprendido que no podían permitirse mostrar ninguna reacción a las cosas que hacían sus superiores. No podían involucrarse, pues todos