Prologo
El sonido de la lluvia tamborileaba suavemente contra las ventanas, creando un velo de nostalgia en la tranquila penumbra del despacho. Eliza estaba sentada en la esquina del sillón de cuero, sosteniendo una copa de vino que no había tocado en más de diez minutos. Afuera, la ciudad estaba envuelta en una tormenta, pero dentro de la mansión Kingston, la verdadera tempestad se libraba en su interior.
Cinco años.
Casi podía oír el eco de los días, contados uno a uno desde la última vez que lo vio.
Jonathan Kingston.
Su nombre resonaba en su mente con el mismo peso que siempre había tenido. Eliza pensó que el tiempo sanaría las heridas, que los años pondrían distancia entre su corazón y el hombre que la había destrozado.
Pero, todo cambió en un instante.
En el momento en que sus miradas se cruzaron de nuevo, fue como si el tiempo no hubiera pasado.
Había vuelto.
No como el joven despreocupado que solía ser, sino como un hombre hecho y derecho, con una mirada afilada por los años de experiencia y éxito. Y más cruel aún, no había vuelto solo, Jonathan estaba comprometido, y su futura esposa, una mujer impresionante y perfectamente adecuada para él, era todo lo que Eliza no era.
Esa realidad debería haberla protegido de su propio corazón.
Pero no lo hizo.
Jonathan se convirtió en su jefe, un giro cruel del destino, que la obligaba a verlo día tras día, a mantener la compostura mientras él estaba siempre cerca, siempre inalcanzable. Y cada vez que pasaba a su lado, sentía el mismo escalofrío que había sentido aquella noche fatídica, la noche en que todo comenzó.
Eliza aún podía recordar el sonido de la tormenta de cinco años atrás, similar a la de ahora. Jonathan había llegado de imprevisto, buscando a su hermano, su mejor amigo, pero lo que encontró fue a ella.
Eliza estaba sola en la casa, y en ese momento, todo lo que había sentido por él durante años, todas las miradas robadas y los suspiros silenciosos, culminaron en un solo instante de locura. Una pasión desbordante, un deseo incontenible que la había llevado a entregarle su cuerpo y su alma.
Pero lo que para ella fue el inicio de algo, para él no fue más que una noche. Al día siguiente, Eliza escuchó, con el corazón en la mano, a Jonathan desestimarla ante otra mujer. Fue cruel, despectivo. "Solo es la hermanita de mi amigo," había dicho. "Nunca podría tomarla en serio, a mí me gustan las mujeres de verdad, con carácter, no niñas mimadas."
Aquellas palabras rompieron algo dentro de ella.
La habían reducido a cenizas, y al día siguiente, Jonathan se había marchado al extranjero, sin decirle adiós, sin saber que había dejado atrás una versión de Eliza que jamás volvería a ser la misma.
Pero ahora, cinco años después, Jonathan estaba de regreso.
Estaba en su vida de nuevo, en su trabajo, en cada maldito pensamiento, y lo peor de todo: no era inmune a ella. Eliza lo veía en su mirada cada vez que sus ojos se encontraban, lo sentía en la tensión que flotaba en el aire cuando se cruzaban en los pasillos de la oficina. Por más que intentara ocultarlo, el deseo seguía ahí, palpitando entre ellos, tan irresistible como lo había sido aquella noche.
Sin embargo, las cosas eran diferentes ahora.
Eliza no era la misma joven ingenua que lo había amado ciegamente. Había pasado los últimos cinco años construyendo una vida, recuperándose de la herida que él le había dejado, había aprendido a ser fuerte, a no depender de nadie para su felicidad. Y aunque su cuerpo reaccionaba a Jonathan como una llama al fuego, su mente sabía que debía mantenerse alejada.
Pero ¿cómo se luchaba contra algo tan elemental como el deseo? ¿Cómo se resiste a lo que tu piel anhela, cuando cada fibra de tu ser quiere ceder? Jonathan era una tentación peligrosa. No era el hombre que ella había imaginado en sus sueños juveniles; era alguien mucho más oscuro, más complejo. Y Eliza no estaba segura de poder enfrentarse a esa versión de él sin perderse a sí misma en el proceso.
El silencio del despacho fue roto por un golpe suave en la puerta. Eliza giró la cabeza, su corazón acelerado, sabiendo que sería él. Jonathan siempre había tenido esa habilidad para aparecer en los momentos menos oportunos, como si pudiera sentir su vulnerabilidad a kilómetros de distancia.
― ¿Puedo entrar? ― su voz profunda atravesó la puerta de madera, tan cercana y a la vez tan distante.
Eliza dudó un instante, pero luego se levantó. No había escapatoria.
No realmente.
No de él.
Cuando la puerta se abrió, el aire en la habitación pareció cambiar. Jonathan estaba ahí, de pie, con su traje perfectamente ajustado, su mirada fija en ella como si fuera lo único que importaba. Era la misma mirada que había deseado durante tanto tiempo, pero ahora cargaba con un peso que Eliza no sabía si podía soportar.
―Jonathan, no deberías estar aquí― murmuró, intentando mantener la compostura. Pero su cuerpo traicionaba su mente. El latido acelerado de su corazón, el calor en sus mejillas... Todo en ella lo deseaba.
Él no dijo nada.
Solo la observó, en silencio, mientras cerraba la puerta detrás de él. El espacio entre ellos se fue reduciendo, y Eliza sintió que cada paso que él daba la acercaba más al borde del abismo.
―No puedo evitarlo― dijo al fin, con una intensidad en sus palabras que la hizo temblar. Sus ojos la recorrían, como si buscara algo que había perdido, algo que temía nunca recuperar.
Eliza sintió que todo su cuerpo se tensaba ante la proximidad de él, el aroma familiar que tanto la había marcado, la sensación de que, aunque lo odiara, seguía siendo la única persona capaz de hacerla sentir viva.
Y fue en ese momento, en la quietud cargada de deseos no confesados, cuando Eliza supo que luchar contra lo que sentía por Jonathan sería su prueba más difícil.