¿Por qué no podía decir nada? ¿Qué era la cosa que burbujeaba dentro del estómago?
Las palabras quedaron atascadas en mi garganta, no salían. Eliot, lentamente, se alejó y pude recuperar algo de tranquilidad.
Se sentó de nuevo en el borde de la cama, agarró mi pie con delicadeza, colocándolo en su regazo. Cambió la compresa fría, pero algo no estaba bien. Noté su mirada opaca, otra vez. ¿Por qué? No quería verlo así…
—Alessia —Incluso su voz sonó algo apagada—. ¿Tanto te incómoda mi presencia?
No, por supuesto que no. El problema no era su presencia, el problema eran sus ojos; además, ¿cómo se supone que le dijese que me gustan sus ojos solo porque se parecen a los de Cerbero? Debo de estar loca con tan solo pensar en ese tipo de cosas.
El que te guste alguien solo por sus ojos... Un momento, ¿él me gusta? ¿Me gusta Eliot? No, no era posible. No cuando solo llevábamos un par de semanas viviendo bajo el mismo techo, por no mencionar que apenas nos veíamos. Yo no quiero esto. No quiero que me guste Eliot. Debo seguir los consejos de Fran y conseguirme un novio, por el contrario, creo que perderé la cabeza y mi corazón cada que acelera y, ¿por qué mi corazón se acelera sin mi permiso? No quiero esto, no.
—No, no es eso —repliqué, luego de unos segundos.
—Entonces, ¿qué es? —profirió, con el mismo tono mortecino—. Estás rara. Si es por lo de hace un momento, pido perdón. No fue mi intención invadir tu espacio personal. Lo siento.
Por alguna extraña razón nació la urgencia de abrazarlo. No era su culpa. Nada lo era. Él no tenía por qué sentirse culpable de nada. El problema era mío, de la cabeza, de esa cosa que burbujeaba dentro del estómago cada que lo miraba fijo, cada que sus ojos conectaban con mi mirada. Yo… No sé qué me sucede.
—Es... ¡Cerbero! —exclamé, al ver a mi perro ingresar.
Sin embargo, no era eso lo que quería decir. No supe si agradecer el hecho de que mi perro me salvase de decir cualquier tontería o sencillamente gritar de frustración.
—Terminé con esto —espetó, levantándose de la cama.
—Gracias —profesé.
—No es nada —Se encogió de hombros—. Nos vemos mañana temprano, descansa.
Solo logré asentir mientras lo veía salir del cuarto. El silencio reinó dentro de las cuatro paredes. Cerbero trepó a la cama, sus ojitos color marrón claro fijos en mi rostro.
—Yo no quiero sentir esto, amigo —murmuré.
Cerbero se acercó y apoyó una pata delantera sobre mis piernas. Sí, él es mi mejor amigo y siempre lo será.
(…)
No podía dormir; por más que trataba no podía. Francesca se había olvidado de traerme la cena, pero era mejor. No tenía apetito.
Observé la hora en el reloj digital que se encontraba en el buró. Apenas pasaban las once de la noche.
Un silencio —semejante al de un cementerio— reinaba en toda la casa. Seguramente todos dormían o eso creía. Unos pasos se acercaban, podía ver la sombra de una silueta a través de la pequeña abertura de la puerta (no se encontraba del todo cerrada).
Ingenuamente creí que podría tratarse de Eliot, pero no fue así. Mi hermana ingresó; su mirada vagó por la estancia como si estuviese buscando algo.
—¿Alessia? —preguntó, estando en el centro de la habitación.
—¿Qué ocurre? —Me senté en la cama, mi hermana prendió las luces y tuve que taparme el rostro con una mano—. Si me has traído la cena… No tengo apetito.
—Pero tienes que comer algo —acotó, acercándose y colocando una bandeja sobre la mesita de noche. No me había dado cuenta de ese detalle—. Uhm, creí que estarías con Eliot.
—No, él no está aquí —espeté. Una sensación extraña se adueñó de mí—. Además, ¿por qué tendría que estarlo?
Al final, terminé incorporándome de la cama. El pie ya no dolía, la hinchazón desapareció por completo y pude apoyarlo sin sentir ningún dolor.
—Solo pensé que estaría aquí —Se encogió de hombros—. No lo vi y asumí que él estaría aquí contigo. No sé si se encuentra en su habitación, la luz está apagada —Se masajeó las sienes, ¿qué estaba tramando ahora?—. Iré a ver si lo encuentro. Eli también tiene que cenar.
—De acuerdo —proferí.
—Bien. Come algo por lo menos. Iré a ver si Eli está despierto.
Solo pude asentir mientras ella salía de la habitación.
Observé la bandeja y debo decir que apenas vi la hamburguesa, el apetito brotó. En serio, debería pensar en regalarle algo a mi hermana, ella siempre al pendiente de mí.
(…)
Aburrida y sin sueño. Salí al balcón. La brisa fresca de la noche me golpeó el rostro y agradecí por haber salido con una manta sobre la espalda.
Algunas nubes abrigaban parcialmente la luna, aunque de igual manera la tenue luz plateada bañaba el espeso jardín. Sentí soledad por primera vez en tanto tiempo. Fran se casaría en dos días más y se marcharía a su luna de miel que duraría una eternidad porque, según ella, alargaría la estadía en Inglaterra. ¿Qué podría hacer durante todo ese tiempo sola en la casa? No, no estaría sola.
Mi vida había dado un giro de 180º, el tiempo transcurre muy rápido.
Mi hermana —después de que mis padres fallecieron— se dedicó en cuerpo y alma a brindarme sustento y todo lo que conlleva criar a una niña. Solo era una chiquilla cuando ocurrió lo de mis padres y por más que digan que el tiempo cura las heridas, sé muy bien que Francesca a veces llora a escondidas. Sin embargo, ahora puedo decir que es feliz, sonríe más a menudo y tiene un novio que la ama con su vida. Sé que Trevor la hace muy feliz y eso me brinda algo de tranquilidad. Ellos están muy enamorados y, realmente, se merecen una vida llena de dicha y felicidad.
Suspiré por enésima vez, apoyé la espalda contra el frío vidrio del ventanal y, lentamente, fui deslizándome hasta quedar sentada sobre las baldosas blancas y negras del balcón.
(…)
Estiré las piernas, rodeé mi abdomen con ambos brazos. Me sentía sola. ¿Por qué no tener un novio? La última vez que estuve con un chico, la relación no duró mucho tiempo. No soy una puritana porque, por supuesto, había tenido relaciones sexuales con, por aquel entonces, mi novio. Con Demian, mi ahora exnovio, tuve mi primera vez y sí, fue increíble, pero eso quedó atrás y hoy día estoy… sola. Necesitaba estar con alguien; sigo siendo una persona, una mujer joven que, como cualquier otra, padece de ciertas necesidades.
No sé cómo, pero lentamente las manos bajaron a mi zona íntima. Comencé a palpar sobre la tela, sentí un leve cosquilleo en la zona. Abrí el cierre del pantalón para tener un mejor acceso. Con una mano me acariciaba por encima de la tela de encaje de la braga, pero no era suficiente.
Levanté un poco la cadera y bajé sutilmente el pantalón. Corrí la braga hacia un lado y comencé a masajearme con dos dedos, mi mente tratando de rememorar la última vez que estuve con alguien, pero no estaba funcionando. De pronto, la imagen de Eliot apareció y eso funcionó porque me sentí mojada y el placer creció.
Sentí placer. Me daba placer a mí misma pensando en un chico de hermosos ojos color marrón claro, sonrisa bonita y un cuerpo… Eliot.
Tendría que haber frenado, tendría que sentir miedo y tal vez pudor, pero no.
En la mente, la imagen de Eliot tomó el protagonismo de todo lo que estaba haciendo. No era mi mano, era la suya tocándome. Eran los dedos de Eliot los que ingresaban en mi v****a, era sus labios en mis senos, lamiendo mis pezones… Me sentía tan caliente…
—Uhm… —gemí, contra mi voluntad.
No podía contenerme. La imagen de Eliot, sus manos sobre mi cuerpo, su boca… Aumenté la fricción, mis dedos resbaladizos por causa de la humedad. Con mi otra mano comencé a tocarme los senos, deseando que todo lo que estaba haciendo me lo hiciese el chico que se encontraba en la habitación frente a la mía.
Me encontraba en pleno apogeo. La tibia humedad causó que todo se volviese más canicular. Hacía tiempo que no me masturbaba y, siendo sincera, jamás esperé que se sintiese tan… placentero. Y nunca se me cruzó por la mente hacer esto pensando en un chico que hacía poco conocía. Un chico de facciones tan varoniles, con una sonrisa gentil, con unos ojos tan preciosos y…
—Ah, sí… —jadeé, sin que lo pudiese evitar—. Eliot —musité su nombre mientras la imagen de sus labios y de sus manos sobre mí, era lo único en mi cabeza, en mi imaginación. El cosquilleo en el vientre aumentó, estaba a nada de… —. Eliot —gruñí entre dientes.
Mi cuerpo vibró de placer, alcanzando la cúspide del orgasmo.
Mantuve los ojos cerrados, tratando de calmar mi respiración. ¿Qué acababa de hacer? Tiré la cabeza hacia atrás, la respiración poco a poco volvía a ser regular, los férreos latidos disminuían. Y, cuando regresé a la normalidad, caí en cuenta de lo que hice.
Me masturbé, después de mucho tiempo sin hacerlo. Me di placer imaginando a Eliot, llegué al orgasmo pensando en Eliot. Y quise que todo hubiese sido solo una quimera, no lo era. Pasó. Fue real. Y estaba mal. Yo estaba mal porque no sabía a ciencia cierta qué era lo que estaba sucediéndome.
Perdí la cuenta de los minutos, quedé sumida en los tantos pensamientos que se liaban dentro de la cabeza. No sé cuánto tiempo pasó, la temperatura bajó y regresé a la realidad. Me erguí como pude del suelo, me coloqué correctamente la braga y el pantalón, a pesar de la incomodidad de sentirme mojada después de un más que grandioso orgasmo. Quise dar el siguiente paso para ingresar a la habitación y no pude.
En mi campo de visión, hallé una mirada color marrón claro. Aquellos fanales que me observaban con un tipo de brillo peculiar y para mi sorpresa —y desgracia— esos fanales color marrón claro no pertenecían a Cerbero.