Ambos estaban ansiosos porque la noche cayera sobre sus cabezas y les permitiera liberar aquello que acumularon durante el día. Lamentablemente les quedaba una larga noche de trabajo por delante, noche en la que Lucía pudo ver claramente cómo Vitali ingresó por la puerta, saludó a Manuel, que siempre estaba demasiado atento a la muchacha, y caminó directo a su lugar de siempre en la barra. Lucía plantó aquella fingida sonrisa y se dedicó a atenderlo, siendo demasiado amable, demasiado adorable, guardando en el fondo de su ser el temor que le revolvía las entrañas. —Señor Vitali — saludó sonriente. —Señorita Lucía — respondió tomando asiento. —¿Lo de siempre? — indagó ocultando el temblor de sus manos detrás de la barra. —Sí, linda. Lo de siempre — dijo desplegando todo su encanto en ca