Capítulo 2

2356 Words
¡Madre santa que todo mi cuerpo duele!, la cabeza parece al borde de una explosión nuclear, y cada músculo entumecido aparenta haber recibido la mayor golpiza de mi existencia. El malestar físico, sumado a la sed propia de la resaca impide que abra los ojos con normalidad.  —Bruna.— Llamo con ronquera y pesadez —Bruna, ¿estás ahí?  —¡Aja!— Responde la rubia igual de afectada.   Me remuevo del sofá donde caí redonda sobre la madrugada, y busco el teléfono móvil.  No está.  Frunzo el ceño aún en el limbo de la semi inconsciencia: ¿Dónde demonios dejé el móvil?  —¿No lo recuerdas cierto?— Indaga ella desde el diván contiguo al que reposo.  —¿Recordar qué?  Larga risitas cortas a modo de respuesta y voy comprendiéndolo todo. Las imágenes vienen a mí como cataratas de diapositivas y siento el rubor apoderarse de mis mejillas completamente.  —Lanzaste tu teléfono por los aires apenas llegamos. Solamente decías que querías dormir.— Confiesa a las carcajadas, —¡Fue la mejor noche de muchas amiga!  —¡Basta!— Advierto abochornada, —¡Cielo santo no puedo creerlo! ¿Desde cuándo pierdo el control así? ¡Desde cuándo!  Uniéndose a mi auto bullyng, agrega —¡Encima te caíste en la entrada de mi casa!  Estiro los brazos buscando desperezarme y pienso en lo vergonzosa que habrá sido esa situación. Vergonzosa y terrible, porque aunque Bruna haya disfrutado al máximo, son los rostros siniestros de seis tipos, los que no dejan ni un instante de desfilarse por mi mente., aumentándome la agitación dentro. El augurio de que algo malo, en cualquier momento podría ocurrir.  —¿No me ayudaste? —Musito aplacando la inquietud. Anhelando por todos los medios, olvidar el mal rato de anoche.  —Es que en realidad, terminé cayendo a tu lado cuando comencé a burlarme. —Se defiende.  Esbozo una sonrisa y río suavemente. Risas que tan rápido como llegan, se esfuman.  —¡Ay no Nicci!, ¿te pones así por él? — Bufa Bruna, —¡Es un pobre diablo! ¡Un imbécil! ¡Un mujeriego de mierda!  Tomando asiento, la observo con aprehensión —Es que honestamente no sé qué duele más. Si verlos en mi propia cama teniendo sexo., comprender que Renzo se burló de mí todo éste tiempo... O pero aún —trago saliva y la angustia me invade—: el entender que nunca hice nada de mi vida. Que únicamente me escondo de los problemas, del caos que me enloquece y allí termino, hasta las cinco de la madrugada bebiéndome inclusive las ideas en un shot de tequila.  Chasquea la lengua y niega —¡Mujer! Fue una mala experiencia. Solo eso, una mala experiencia. —Se levanta del mullido sillón, y aproximándose a dónde me encuentro acomodada, de piernas cruzadas toma mi mano e insta a que le siga. —Tus padres son otra mala experiencia., ellos no supieron establecer la diferencia. Separarte a ti, del odio que se tenían. —A paso lento, nos dirigimos hacia el amplio espejo que adorna el recibidor deteniéndose ella, y brindándome a mí, el reflejo de mi rostro, mi cuerpo, y mi esencia perdida en los vicios nocturnos. —Te criaron llena de inseguridades y pese a que eres mi mejor amiga, Nic... Te inculcaron la soberbia, la petulancia, el narcisismo. —Sosteniéndome el mentón, me obliga a analizar detenidamente la imagen. —Y ahora, estás vuelta un lío porque no sabes qué hacer. —Ladea una mueca dulce añadiendo —: mírate.  Obedezco inmediatamente.  —Sí... —Murmuro.  —Dudo que veas lo mismo que yo. —Sisea, —una chica hermosa, inteligente y noble., que gracias a un entorno poco afortunado, huye. De todo huye.  —Tal vez tengas razón. —Confieso inundada de tristeza. —Y es lo que me lastima.  —Linda, —concilia acariciándome el cabello tan n***o cómo el ébano divino de Arabia. —Hay algo que tú necesitas... Que necesitas de verdad.  —Te... Escucho. —Balbuceo.  Inspira profundo.  —Conocer a alguien que rompa todos tus esquemas. —Declara serena. —Alguien que esté dispuesto a dar la vida por ti, que te ame con intensidad y que te ayude a ver el mundo desde otra perspectiva.  Muerdo los labios, y me repito que no debo llorar. Últimamente las lágrimas se convirtieron en parte de mi rutina y detesto mostrar debilidad.  —¿Y crees que exista alguien allí fuera, dispuesto a lidiar con ésto? —Pregunto sarcástica, señalándome a mí misma. —¿Con una mujer fracasada, de veinte años que a duras penas terminó el secundario? ¿Una que se mete los fines de semana en el antro para olvidarse de que efectivamente su futuro prometedor se fue al carajo? ¿Que constantemente busca culpables a sus actitudes, cuando en realidad la única que lleva la responsabilidad soy yo? —suelto una risada irónica, —Dudo que sean ciertas tus palabras, Bruna.  Propinándome un suave puñetazo, chasquea la lengua —Mi abuelita solía decir, que siempre existe un roto, para un descosido. Y el día que menos busques aquello que ansías, lo bueno te golpeará la puerta. Y no, no el dinero querida... Sino la felicidad. —Palmeándome el hombro añade, —Ahora vamos, date un baño, haré lo mismo, nos pondremos presentables e iremos a esa audición. Tengo curiosidad.  La miro atónita, realmente sorprendida al oírle semejante barbaridad —¿De verdad?  —No me perderé la oportunidad. ¡claro que sí! Ruedo los ojos y reflexiono las cientos de posibilidades que hay, donde Dichezzare intente quedarse con la razón.  Pues si lo quiere, sabe comportarse como una auténtica cría caprichosa.  —No me da buena espina. —Declaro cruzándome de brazos. —No voy a ir, y tú tampoco irás.  Enarca una ceja y lo que suponía el trayecto por el estrecho corredor a su dormitorio se corta.  —No te estoy pidiendo permiso, menos que me acompañes si no lo deseas.  Abro los ojos asombrada, me apresuro hacia ella y le agarro la mano.  —¿Por qué eres tan terca? ¿En serio le creíste el cuento a esos individuos? ¿Acaso estabas tan borracha que no fuiste capaz de apreciar la maldad en sus miradas?  —¡Ah claro! —ironiza adoptando el carácter suyo que detesto, —Tú sobriedad te permitió psicoanalizarlos, ¿no es así?  —Por favor —imploro—. No vayas. No cometas una imprudencia.  —No sigas insistiendo —masculla zafándose—. Tengo curiosidad, simple curiosidad. Si el lugar a simple vista no me inspira confianza, pues me largo.  —Bru...  —No tengo toallas en el baño de mi dormitorio —interrumpe—. ¿Me prestas una de las de tu cuarto?  Suspiro.  ¡Estoy tan intranquila! Como si la intuición empezara a palpitar desbocada alertándome como anoche, del peligro que nos acecha a pocos metros de distancia.  Agarro el celular y obedeciendo, paso por su lado dirigiéndome al final del pasillo, donde se encuentra mi habitación, la que adopté como mía ya que es en la que suelo dormir la mayor parte de la semana. Deslizo el dedo por la pantalla y tras marcar el número de Gala, mi madre, le mando el repetitivo y frío mensaje de texto diciéndole que estoy bien.  Asumo que el detalle ya ni le importa, y es algo de lo que estoy acostumbrada. Hace exactamente ocho años, que me acostumbré a la ignorancia de mis padres. Ensimismados ellos en sus líos maritales, y luego de divorcio, redujeron el trato para conmigo, su única hija, a una simple mantención económica.  —Ay Nicci —resoplo abriendo la puerta—¡Ojalá hubieses nacido de un repollo, te habrías ahorrado tantos dolores de cabeza!  Atravieso el umbral y en el momento preciso que voy a abrir el ropero para sacar toallas, el caos se desata. Un fuerte estallido se escucha en el pequeño living, seguido del grito y el llanto agónico de Bruna.  Las manos empiezan a temblarme, el miedo me paraliza, y mis dientes castañean.  No sé qué hacer.  No sé qué está pasando.  No sé si correr, esconderme, tomar un objeto pesado y sin medir el alcance del peligro, ayudarla... O quedarme parada.  Mi cerebro me pide que reaccione cuándo la escucho gritar, pero mis piernas no se mueven del lugar.  Tengo tanto miedo que mi cuerpo parece haberse desenchufado de mi mente.  He visto películas; he visto muchas películas, de terror, de suspenso, de crímenes y secuestros, de violaciones... Y en éste preciso instante nada de ellas se me quedó en la cabeza.  —¡Auxilio! —suplica en un aullido—¡Auxilio por favor, auxilio!  Mis ojos se empañan y tiemblo. Tiemblo como una vara, del terror que siento.  —¡Cállate! ¡Cállate de una vez alcohólica de mierda! —Dice una voz masculina entre gruñidos, y más objetos haciéndose añicos. —¿Dime dónde demonios está ella?  —¡Nicci! —solloza, y automáticamente cierro los ojos. Nunca mi corazón latió tan rápido. —¡Nicci escóndete! ¡Escóndete! ¡Sálvate, por favor sálvate; nos quieren matar!  —Por mucho que se esconda, tenemos toda el día y la noche para buscarla —amenaza ese timbre vocal que con repulsión consigo distinguir—; pero que conste, lo que le suceda a la hembra hermosa de tu amiga, será tu culpa.  Las ganas de vomitar me inundan. Aterrorizada, es la palabra que me define.  —¡Nicci, escóndete! —grita, y escucho el sonido estruendoso de una superficie impactando contra otra. Ella llora y no es difícil adivinar que la están golpeando. ¡La están golpeando y no puedo hacer nada!  Presa del desconsuelo, el pánico y el desconcierto, prendo el teléfono y marco el número de emergencias.  Es en lo único que puedo pensar; en llamar a la policía.   —No, no, no —murmuran, asustándome; sin darme tiempo, siquiera a refugiarme dentro del armario—. ¿Qué crees que haces?  —Déjanos ir —musito, con mis nervios destrozados, mis latidos desbocados, y el miedo carcomiéndome hasta las entrañas.  Se acerca y violentamente alza mi mentón —Deberías enseñarle a tu amiga a no ser tan puta —dice—, y principalmente a no confiar en desconocidos.  Las lágrimas me nublan la visión.  Es un cerdo malnacido.  Su contextura física es el triple que la mía pero la necesidad de romperle los huevos de una patada, de defenderme, de pelear por mi vida es más grande que mi sentido común.  —Basta —exijo alejando la cara, y procurando distanciarme de él para agarrar cualquier cosa con la cuál pegarle.   Carcajea de una forma sombría y con rapidez, fuerza, y una agresividad indescriptible, me levanta y casi que lastimándome, me carga en su hombro.  —Te espera una vida maravillosa. —Promete con cinismo—. Una vida maravillosa, claro; si te portas bien. Si te portas mal como la rubia bocona que no supo controlar la lengua, te irá mal.  Pataleo al percibir sus brazos apresarme y forcejeo a medida que va avanzando por el pasillo.  —¡Hola, Nicci! —Saluda el extranjero, una vez el mastodonte pisa el living completamente destruido. —¡Qué bueno que nos acompañas!  Sin soltarme me pone de pie en el piso, y aprieta mis brazos; los retuerce al punto que el dolor se torna insoportable, sin embargo la escena espantosa que tengo delante impide que tan siquiera me queje.  Ver en primerísima plana la paliza que le propinan a Bruna, literalmente me desequilibra.  La patean bestialmente y apreciar lo que ocurre, me obliga a actuar por impulso. A que morder el brazo que me mantiene cautiva, obteniendo la liberación.  —¡Hija de puta!—  Grita jalándome del cabello, —¿A dónde mierda piensas que vas?  —¡Bruna!— Llamo desesperada. —¡Bruna, Dios mío!  Nada responde. Ni siquiera se mueve.  Nuevamente el bastardo vuelve a tomarme a la fuerza y pataleo, gruño, y lucho... Por mí, por ella, por salir de ésta casa a cómo dé lugar.  —Cariño... —Musita el vil mentiroso que me marcó en la discoteca. —¿Sabes? No habrá una próxima, pero me gustaría decirte que... A esa rubiecita deberíamos cortarle la lengua.  —¡Púdrete! —Viboreo tras escupirle directo al rostro, y recibir una fuerte bofetada que me corta el labio inferior.  —Como te mencionaba, —Sisea agitando una larga aguja entre los dedos. Una que me hace suspirar del pánico. —Gracias a ella y unas cuantas copas de champán, dimos con la dirección acertada. —Alguien jalonea mi brazo en el forcejeo, y gimo de dolor cuando la aguja me atraviesa la piel. —No llores. Será un leve segundo de incomodidad. —Promete el muy perturbado —No hicieron falta muchas palabras, Brunita nos dijo todo lo que queríamos antes de eso.  El panorama empieza a verse borroso, y por más que intente mantenerme despierta no lo consigo.  Mis ojos se cierran y solo el sentido del oído es quién permanece alerta.  —¿Es sedante?, ¿la has dormido?— Oigo murmurar a uno de ellos.  —No quedaba más Paul. Se acabó con la tanda anterior.  > —Entonces Jhon, ¿qué mierda le diste? —Preguntan con irritación.  > —Le inyecté un poco de heroína. —dice con indiferencia.   —¿La drogaste? ¿Eres idiota? ¡El jefe nos cortará los testículos si se entera que drogaste al ticket golden de la noche!  —¡Viste cómo estaba!  —¿Crees que la otra vivirá después de semejante paliza?  El dolor me ahoga, y ya no doy crédito a la bestiali dad que escucho, a nada de lo que ocurre.  —No lo sé. Igualmente ella es la virgen por la que estábamos interesados. La otra no importa. Darán muchos millones en el mercado por la bella Nicci. 
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